martes, 13 de diciembre de 2011

NZ parte 2: Moreaki a Invercargill con Antoine



A partir de Moeraki gocé de la agradable compañía de mi alter-ego francés, Antoine, hasta Invercargill. Resulta que, como mencioné antes, es un jardinero, talvez único en el mundo, pues se dedica a mantener un jardín floreado para el deleite de las mariposas que migran entre Europa, Asia y África y en su jardín encuentran un descanso y un festín de pólenes y colores. Él es muy feliz, y en invierno siempre tiene vacaciones que utiliza para viajar por el mundo. Realmente un tipo interesante…  y además nunca faltaba el buen vino, cerveza o queso que compartía con su más económico compañero mexicano: yo.

Llegar a la ciudad de Dunedin no es cosa fácil. Es un antiguo puerto de migrantes irlandeses que se refugia en una bahía cerrada frente a la península de Otago y se esconde bajo las colinas circundantes. Las casas verticales y de madera, con techos muy inclinados, en efecto me recordaban un barrio viejo de Londres o películas sobre Irlanda y Escocia. También el clima, nublado, frío y con una constante y tenue lluviecita. La subida por las colinas fue gustosamente solitaria, pero empinada y larga. Luego el rápido descenso hacia Port Chambers y por la costa hasta el centro de la ciudad. Yo tuve la fortuna de quedarme con Lucia, de República Checa, vivaracha y cálida persona que me llevó a conocer a su amiga finlandesa Annie y su novio mexicano, Julio. Obviamente hicimos lo bebido, que diga.. lo debido: beber y comer alegremente! 

Yo, Annie, Jaime y Lucia.

Antoine se quedó ermitañeando en un camping…  Al día siguiente Lucia me llevó a conocer los jardines de la ciudad y yo, eventualmente, decidí pedalear “La calle más inclinada del mundo” Baldwyn Street. A pesar de mi fabulosa técnica de zigzageo, no logré la cima sin bajar los pies de los pedales, en parte por la lluvia que hacía resbalosa la calle y que mojaba mis incómodos y apretados jeans. Así pues, me quedé a escasos metros de la cumbre y caminé los últimos metros ante la mirada decepcionada de mis fans! Jaja! Otra cosa hermosa de la ciudad son la estación de tren y la universidad, que de verdad parece un palacio de Lords y Sires que se juntan a debatir el destino de Camelot.

Dunedin.
A la mañana siguiente visitamos Tunnel Beach, una playa bonita entre acantilados a la que se llega por un túnel en la roca. Pedaleamos por la costa pocos kilómetros y encontramos un camping gratuito. Pero el día siguiente fue un poco más pesado pues tuvimos que retomar la Ruta 1 con su pesado tráfico y viento en contra. Llegamos al desangelado Balclutha dónde comimos hamburguesas en un local chino. Luego tomamos la “Scenic Route” y todo mejoró camino a Nugget Point, una singular entrada de la tierra al mar con un pintoresco Faro. Luego de buscar horas un sitio para acampar, decidimos dormir en un baño/vestidor en la playa del pueblo… yo, con un poco de miedo de que nos multaran o cualquier cosa.

Antoine "acampando" en un vestidor.

Nugget Point.

Bueno, los siguientes dos días cruzamos bosques, visitamos una cascada y sobre todo bordeamos la costa sur de la isla, muy famosa por su belleza, conocida como The Catlins. En ese trayecto visitamos también un bosque fosilizado a orillas del Mar por donde paseaba un pingüino de cabeza amarilla.

Las costas en the Catlins.

Bosque de helechos gigantes.

Bosque fosilizado.

Pingüino de paseo.

Finalmente llegamos a Invercargill, dónde yo me quedé con Wilson y su compañera de casa Emmerald. Eran unos muy jóvenes y simpáticos músicos, muy independientes, con mucho talento y muy divertidos, definitivamente lo mejor de la ciudad. Invercargill no tiene nada de bonito, salvo un antiguo depósito de agua que observa a la ciudad desde lo alto, la Water Tower. Fuera de eso es un pueblo gris, feo, aburrido, ignorante, frío y llano… sinceramente. Con el pretexto de mi alergia en los ojos y no poder comunicarme con mi madre, decidía si esperar a Antoine de su viaje a Stewart Island, la parte más indómita de Nueva Zelanda, o partir sólo. A pesar de que lo esperé indeciso un par de días, aposté por la libertad de mi viaje en solitario y por no colgarme con mis anfitriones. Salí de Invercargill por la mañana del 13 de diciembre hacia el oeste y luego hacia el norte.

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